Es natural que tendamos a mantenernos dentro de ciertos parámetros y a ponernos límites. Esta tendencia a encasillarnos y autolimitarnos nos impide ver desde una perspectiva más amplia. No obstante, para lograr una visión más completa es fundamental que podamos trascender ese espacio limitado que nosotros mismos creamos.
En Isaías 54:2-3 leemos el siguiente pasaje cuando Dios habló a su pueblo:
¡Extiende el sitio de tu tienda! ¡Alarga las cortinas de tus aposentos! ¡No te midas! ¡Extiende las cuerdas y refuerza las estacas! Porque vas a extenderte a la derecha y a la izquierda, y tu descendencia heredará naciones y habitará las ciudades asoladas.
Esta cita de Isaías refiere a territorio, a conquista, a extenderse territorialmente, pero lleva consigo la implicación de un cambio de mentalidad, de una amplitud incluso emocional. Dios estaba llevando a su pueblo a creer más allá de sus límites, más allá de las limitaciones que por siglos se habían autoimpuesto por costumbre, por lo vivido, por las misma naturaleza humana.
Dios los esta llevando, y esto es también para nosotros hoy en día, a cambiar la mentalidad de esclavitud por una mentalidad de conquista. Además de ser cristianos, de haber sido salvos por fe y de haber nacido de nuevo, el Señor nos impulsa y desafía a cambiar de mente, a poner las manos en el arado (Lucas 9:62, Hebreos 10:39) y ser responsables de nuestras decisiones.
Tenemos que ampliar nuestros conceptos limitados humanos para tener el entendimiento del Reino de los cielos (Mateo 13:33) y superar nuestras creencias limitantes.
Las creencias limitantes son pensamientos, generalmente falsos, sobre nosotros mismos que nos frenan por creerlos verdades absolutas. Estos condicionantes son acusaciones falsas propias que nos impiden avanzar y derivan en resultados negativos: “No soy bueno en esto”, “soy demasiado viejo" (o joven), “mi experiencia no sirve”, “no soy tan inteligente”, “nunca podré ser un líder”, “no sirvo para esto”, “hay otros más talentosos que yo”.
La mejor forma de romper esas barreras es creerle a Dios y obedecerle:
Extiéndete, alárgate, no te midas, avanza y planta nuevas estacas en nuevas regiones, desarrolla tu legado, habita lo inhabitable y hazlo reverdecer.
La mejor forma de ser un conquistador es salir a la conquista, la manera de hacernos fuertes es en batalla (Hebreos 11:34). Creer y obedecer son las bases de una fe absoluta en un Dios que es vencedor por esencia (Juan 16:33).
En este sentido, es Dios mismo quien nos impulsa a crecer, quien nos manda a esforzarnos valientemente (Josué 1:9), a tomar la armadura y permanecer firmes (Efesios 6:11). Derribemos todas esas creencias limitantes y confiemos en la presencia de Dios en nuestras vidas, pues de su plenitud tomamos todos y gracia sobre gracia (Juan 1:16).
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