Estamos dando la espalda a nuestra humanidad para escondernos detrás de códigos o reemplazarnos por bestias. Un fenómeno de 'doble reemplazo’, un boicot contra nuestra propia naturaleza, una búsqueda de significados. La respuestas no está en la tecnología ni en el instinto, sino en la corona que el Creador nos otorgó.
Lo que comenzó como una novedad graciosa, como los filtros de TikTok utilizados con impunidad y exageración, se convirtió en pocos años en el estándar de presentación en el ecosistema digital. Con el avance de los algoritmos y la Inteligencia Artificial (IA) hemos confluido hacia la creación de imágenes "perfectas", al punto de una despersonalización alarmante. Hoy, muchas personas son difíciles de reconocer en el mundo de la interacción real: No son lo que son, sino lo que han construido de sí mismos en su versión digital y lo que los demás han elegido creer. El fenómeno Therian no es ajeno a esta lógica, personas despersonalizándose.
Este proceso ha sido silencioso y, paradójicamente, lo hemos asimilado como "natural", llegando a naturalizar lo que es en esencia antinatural. Una tragedia irónica: Utilizamos la última tecnología para gritarle al mundo que no estamos conformes con nuestra propia humanidad. Es aquí que surge la paradoja central: Criticamos a la tecnología porque nos deshumaniza, pero somos nosotros quienes las utilizamos como herramienta para despojarnos de nuestra identidad y convertirnos en un simulacro digital.
Es doloroso ver personas en nuestro entorno que no quieren verse como son, sino lo que proyectan de si mismas, se hunden en máscaras y atuendos ficticios, en imágenes de quienes nunca podrán ser. Nos hemos acomodado para vivir plácidamente con paradojas que nos están fagocitando… y la rueda sigue girando .
La tendencia de no querer ser
El psicólogo Martín Smud, al referirse a los Therians, señaló: “Es una cuestión más tecnológica”, subrayando que el fenómeno se expande por la viralización digital. Retomo esa premisa en otro sentido, para afirmar que este movimiento responde a la tecnología precisamente por su tendencia deshumanizadora. ¿Será que la corriente actual nos está empujando a no atrevernos a ser humanos, o peor aún, a no querer serlo?
Esto se está catalogando bajo términos como 'disforia de especie’, una desconexión entre la identidad percibida y la forma biológica, nosotros debemos leerlo como un síntoma de orfandad ontológica. El estudio publicado en ScienceDirect (2025) sobre la autopercepción y la neurociencia nos advierte que estamos ante una reconfiguración de la identidad humana mediada por el trauma y la tecnología.
¿Estamos renunciando voluntariamente a nuestra esencia? Si la IA es un cerebro sin alma y el instinto animal es un cuerpo sin razón... ¿Qué queda de nosotros? Nos estamos convirtiendo en inquilinos de una identidad que no nos pertenece.
Esa orfandad ontológica, la falta de sentido para la propia existencia, es una sensación de soledad muy profunda, es una emoción de desarraigo que atrofia lo sentidos, es vivir como extranjeros de forma continua en lugares sin pertenencia, es caerse sin tener lugares de donde tomarse para evitarlo, la pérdida de certezas absolutas, es cruzar el umbral de la desprotección emocional. ¿No es esto la carencia de Dios?
La respuesta en la corona
Hace miles de años, el salmista miró al cielo y se hizo la misma pregunta que hoy a la humanidad le aterra, pero lo hizo desde una perspectiva de dignidad, no de escapismo emocional:
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra”. (Salmos 8:4-5)
Vivimos en un sistema que intenta reemplazarnos con códigos, con inteligencia artificial y algoritmos. Al mismo tiempo, las angustias propias de nuestra condición nos llevan a buscar refugio en la idea de ser un animal atrapado en un cuerpo humano. Pero la Biblia afirma algo radicalmente distinto: Dios nos ha coronado de gloria y honra.
El ser humano no es un error biológico que deba ser "corregido" por la IA, ni una especie fallida que deba mutar hacia lo salvaje para encontrar paz. Ser humano es ocupar un lugar sagrado, incómodo y glorioso a la vez.
C.S. Lewis escribió en 'La abolición del hombre' sobre un futuro donde el intento de conquistar la naturaleza mediante la técnica terminaría por aniquilar la esencia misma del ser humano. Lewis lo llamó el “paso final" o “paso hacia el vacío”: Cuando el hombre se rinde y se convierte en un objeto, sea en un engranaje tecnológico o en una bestia sin propósito. Estamos ahí: en el punto donde el diseño original es visto como una limitación que debe ser hackeada o abandonada, o como expone Lewis en su libro: “La conquista final del Hombre ha demostrado ser la abolición del Hombre”.
La verdadera resistencia
Hoy, la verdadera rebeldía no consiste en identificarse con un lobo ni en ser un experto en prompts. La verdadera rebeldía es reivindicar el espíritu. La IA puede procesar, pero no puede amar. El animal puede sentir, pero no puede trascender.
Desde la insurrección de quienes nos negamos a aceptar estas falsas premisas, lanzamos el desafío final: ¿Quién se atreve todavía a ser humano? ¿Quién tiene el valor de asumir la identidad que el Creador le otorgó? En un mundo de máscaras digitales e instintos en fuga... ¿Quién se atreve, simplemente, a ser?

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